LA CEPA, UN SIMIL HUMANO

LA CEPA, UN SIMIL HUMANO

sep 01, 2017

Si nos fijamos bien, la vida de una cepa es muy parecida a la de un humano. Si se la cuida durante su ciclo vital, no se la sobrecarga con productos fitosanitarios y se la “alimenta” con lo que necesita, las posibilidades de que llegue a vieja aumentan considerablemente; por el contrario, con una “mala vida”  de excesos y exigencias, resultará difícil.

Las cepas, al igual que los humanos, tienen su momento de lozanía propio de la juventud; más tarde la sabiduría de la madurez, cuando ofrecen sus mejores frutos y también les llega su momento de apagarse.

Decimos que una vid “madura” da mejor vino que una joven, porque la planta está más regulada y sus raíces profundas alcanzan diferentes mineralidades aportándole distintos aromas y sabores.  Hay vides que llegan a los 20 años, otras cumplen medio siglo y algunas que llegan a celebrar su centenario.

Que la cepa cumpla años sana dependerá en mucho de la vida que le demos, como hemos comentado, pero también de las características del suelo donde crece y la  amabilidad del tiempo atmosférico. Aquí aparece otro símil con el comportamiento humano. Para nosotros la fuente de calor la producen nuestros músculos nutridos por los alimentos que consumimos y en climas fríos las personas necesitan mayor aporte energético por lo que aumentan su ingesta de comida para aguantar las bajas temperaturas. En invierno, las cepas concentran su energía en su interior y entran en un llamado reposo invernal, estando preparadas para aguantar temperaturas bajo cero aquí en La Rioja, si llega el caso.

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